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Los signos de los tiempos

Migración, libertad y movimiento

Un estimado y reconocido colega de la universidad suele decir que los inmigrantes son la encarnación del liberalismo en su sentido más clásico. El liberalismo es una ideología política que se consolidó en el siglo XIX y cuyos principios fundamentales eran la libertad económica, de asociación y pensamiento. Entre esas libertades también estaba la libertad de movimiento. El liberalismo abogaba por que los gobiernos y las iglesias dejaran paz a las personas y no interfirieran con el ejercicio de sus libertades.

Mi colega dice que los inmigrantes son ejemplo de liberalismo porque sólo piden una cosa: una licencia de manejar para poder trabajar. Nada más. Es cierto, no hay algo que mejor represente el afán liberal de los inmigrantes que el permiso de conducir. Qué sencillo, ¿no? Un carnet o licencia de manejo para llegar a tiempo a la chamba, regresar a casa, hacer algunas compras, distraerse un poco el fin de semana y ya. El inmigrante no pide un trato preferencial, ni programas especiales ni subsidios. Sólo pide esa “mica” con su nombre y domicilio que acredita que ha aprobado un examen escrito y práctico y que puede conducir un vehículo automotor por las calles y autopistas de la ciudad. Y como la libertad individual encuentra su límite en el potencial daño que podemos causarle a terceros, su ejercicio, en este caso, requiere de un seguro.

Con licencia y seguro en mano, el inmigrante puede ejercer esas dos libertades clásicas sobre las que se han armado grande debates filosóficos y hasta se han peleado guerras y revoluciones: la libertad de movimiento y la libertad económica. La segunda requiere de la primera: para ir a ofertar la mano de obra libremente a quien la necesite es necesario moverse libremente.

La necesidad de una licencia también se impone en este país desde un punto de vista práctico, tanto por la enormidad del territorio nacional como por lo limitado e ineficiente de sus sistemas de transporte público urbano.

Pero el liberalismo del inmigrante pronto enfrenta a su contrario. Se trata del carácter anti-liberal del mundo contemporáneo. Un mundo de fronteras externas y retenes internos que obstaculizan el paso, la movilidad y, por tanto, la libertad. El inmigrante puede rebasar esas fronteras y sortear los obstáculos internos, pero sólo para confrontarse con la negativa a esa petición mínima… una licencia de manejar.

Porque la libertad de movimiento que ofrece el conducir un vehículo está reservada para los ciudadanos, los residentes, los que están aquí legalmente. Los que están aquí, pero sin autorización, no tienen el derecho.

Quienes se oponen a que los inmigrantes indocumentados puedan tener una licencia de conducir y que han logrado que estado tras estado les niegue dicho permiso a estos inmigrantes, no tienen el menor interés en la seguridad pública. Su objetivo es impedir el ejercicio de libertades mínimas, pero fundamentales. Ahogar la libertad para hacer la vida imposible. Luego de casi treinta años de esta tendencia anti-liberal, los vientos empiezan a soplar en sentido opuesto. ¿Llegarán hasta acá?

Ruben Hernández León El autor es director de Estudios Mexicanos de la UCLA rubenhl@soc.ucla.edu

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