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Los signos de los tiempos

¡Los inmigrantes no son mercancía!

Siempre me han incomodado los argumentos que favorecen la inmigración y a los inmigrantes por sus supuestas bondades económicas. Dichos argumentos plantean que los inmigrantes son algo bueno para el país porque contribuyen a la economía, trabajan hasta caer rendidos y no cuestan mucho. Es decir, son una buena inversión. Otra versión, apenas ligeramente distintade la anterior, es la que sustenta asevera que los inmigrantes valen por su capacidad de consumo. O sea, por su importancia como segmento de mercado.

Mi incomodidad con estos planteamientos es que reducen a los inmigrantes a su supuesto valor económico y justifican su trato como mercancías (o consumidores de estas). Pero los inmigrantes no son mercancías. Así lo sugirió el novelista suizo Max Frisch, quien alguna vez escribió: “Pedimos trabajadores y en su lugar recibimos personas”. Esta célebre frase citada una y mil veces, alude al problema de considerar a los trabajadores inmigrantes como mera mano de obra y factor de producción.

Es cierto que los inmigrantes aportan, pero como las demás personas, también tienen necesidades, por lo que requieren el apoyo de las instituciones sociales para su desarrollo humano. Esto es evidente cuando los flujos migratorios pasan de estar conformados por adultos solos a estar integrados por familiasy por personas que pasan por distintos momentos del ciclo de vida. Donde quiera que hayan nacido, los niños de los inmigrantes requieren cuidados médicos y una educación de calidad. Si la familia viene con los abuelos, ellos también necesitan de una red de bienestar que permita una vejez digna. Todo eso cuesta. No debe sorprendernos, entonces, que los estudios sobre el impacto económico de los inmigrantes en Estados Unidos muestren algo parecido al juego de la pirinola: una especie de empate a través del “todos ponen, todos toman”.

El valor humano y social de la inmigración no reside en sus supuestas bondades económicas. La movilidad humana es factor de cambio social para los países de expulsión, así como para las naciones de recepción de inmigrantes. Los países que se nutren constantemente de inmigrantes pueden reconocerse con cierto orgullo como sociedades abiertas al mundo, a rostros, colores y sabores distintos a los acostumbrados. En esos mismos países, la inmigración pone a prueba los valores de tolerancia democrática.

Desde una perspectiva individual, la inmigración no sólo es una estrategia para alcanzar mayores ingresos. Los seres humanos realizan otros anhelos y objetivos en sus andares migratorios. Los sociólogos frecuentemente escuchamos de los inmigrantes que entrevistamos el deseo de aventurarse, de conocer cosas nuevas y diferentes, de registrar experiencias para ellos inéditas. Para otros, la migración es también una forma de independizarse y de obtener algo de autonomía individual. Dicho de otra forma, las personas también logran una especie de trascendencia por medio de la migración.

Aunque suene trillado, dejar el lugar de origen, trasplantar y echar raíces en otro lado y gozar de cierto anonimato suele ofrecer atractivas posibilidades de renovación personal.

En el espejo de la inmigración se reflejan muchas dimensiones de la experiencia humana y no sólo la económica. Ruben Hernández León

El autor es director de Estudios Mexicanos de la UCLA

rubenhl@soc.ucla.edu