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Los signos de los tiempos

Destino migratorio

Hacia fines de los años noventa, un inmigrante mexicano, llamado Pablo, me dijo una frase que se me quedó grabada: “En Los Ángeles no hay futuro”. Pablo se refería a la dificultad de establecer un negocio propio en la urbe angelina. La ciudad estaba saturada de inmigrantes mexicanos y centroamericanos, quienes competían entre sí por la misma clientela.

Pablo me expresó su opinión no en el sur de California, sino en el norte del estado de Georgia, a donde había llegado con su familia para probar suerte y poner un pequeño restaurante de mariscos. Como Pablo, docenas de miles de mexicanos y centroamericanos salieron de Los Ángeles a fines de los ochenta y a lo largo de los años noventa, huyéndole a los bajos ingresos, las rentas elevadas y un ambiente político poco favorable hacia los inmigrantes.

En contraste con California, en Georgia había trabajo, en las fábricas sobraban las horas extra y las casas estaban baratas. La creciente población de origen latinoamericano clamaba por pequeños negocios que le prestara servicios, como carnicerías, panaderías, restaurantes y aseguradoras.

Pero para mediados de la década pasada, el partido republicano se apoderó de la gubernatura y las dos cámaras de la legislatura de Georgia y dio inicio a una andanada de leyes y dispositivos contra la inmigración indocumentada. En 2006 y 2011, la legislatura aprobó sendas leyes estatales contra la inmigración irregular, mientras que los departamentos de policía firmaban acuerdos de colaboración con las autoridades migratorias federales. Para colmo, las universidades públicas prohibieron la inscripción de estudiantes que no acreditaran la legalidad de su presencia en Estados Unidos.

Mientras eso pasaba en Georgia, California (y otros antiguos destinos migratorios como Illinois) recorría el camino en sentido contrario. Los demócratas se hicieron del poder y, a pesar del interludio republicano en la gubernatura, comenzaron a aprobar una serie de leyes favorables hacia los inmigrantes.

No lo hicieron por ser nobles. La demografía y décadas de lucha de movimientos sociales de los inmigrantes y sus descendientes por fin le exigían cuentas al poder político en el estado.

La misma entidad donde el electorado había aprobado la Propuesta 187 en 1994, ahora legislaba leyes para darles la oportunidad a los jóvenes indocumentados de cursar los estudios universitarios pagando cuotas como residentes del estado. Recientemente, la legislatura californiana aprobó una versión local del Dream Act que abre la puerta para que estos mismos jóvenes reciban ayuda financiera pública.

California sigue siendo un sitio costoso para vivir, pero políticamente ya no es el mismo lugar de mediados de los noventa. De ser tildado de antagónico, ahora el estado es considerado como tolerante con los inmigrantes, sobre todo si se le compara con Georgia, Arizona y Alabama. Los Ángeles sigue siendo una ciudad difícil para aquellos no cuentan con estatus legal, pero hoy es un hervidero de activismo por los derechos de los inmigrantes.

Muchos de los caminos que llevaron a los inmigrantes hacia nuevos destinos se han cerrado. Pero otros, que quizá los devuelvan a sus antiguos lares, se han abierto.

Ruben Hernández León El autor es director de Estudios Mexicanos de la UCLA rubenhl@soc.ucla.edu