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El Programa Bracero (II)
August 16, 2012
La semana pasada iniciamos un comentario sobre el Programa Bracero, a raíz de que este mes se cumplen 70 años de su inicio. El Programa Bracero concluyó oficialmente en 1964, pero su legado perdura hasta la actualidad. Dicho legado tiene que ver, sobre todo, con las consecuencias inesperadas del acuerdo. Ya en la columna anterior apuntamos uno de sus principales impactos: el estímulo del flujo migratorio indocumentado, que se dio al mismo tiempo que el propio sistema de contrataciones hechas y derechas. ¿Cómo fue que el Programa Bracero acicateó la migración sin papeles? Por el simple hecho de que ofreció visas y trabajos para los campesinos mexicanos, pero no las suficientes para todos aquellos que deseaban y necesitaban laborar en Estados Unidos. Los que no pudieron conseguir contrato y permiso legal se fueron por su cuenta de todas maneras. Los mismos coyotes y contratistas incentivaban el cruce “a la brava”, asegurándoles a los migrantes que en el otro lado lo que sobraban eran los trabajos. Y ese era el mensaje, que palabras más, palabras menos, les repetían sus familiares y paisanos que habían logrado enrolarse en el programa. Hubo otras dos consecuencias inesperadas del Programa Bracero que hay que apuntar. Una de ellas fue que el trabajo agrícola en la Unión Americana y en estados como California se volvió sinónimo de trabajador mexicano. Antes del Programa Bracero, en el campo estadounidense laboraban japoneses, filipinos, negros, puertorriqueños, chicanos y blancos. La importación de millones de campesinos mexicanos terminó desplazando a todos estos grupos, que no podían competir, particularmente en la cuestión salarial, con los trabajadores provenientes del sur. Para mediados de los sesenta, cuando terminó el programa, las empresas agrícolas norteamericanas preferían la mano de obra mexicana. La otra consecuencia no esperada fue la familiaridad que adquirieron los campesinos mexicanos con la migración, los cruces, los trabajos y la geografía económica de los Estados Unidos. Es lo que en las ciencias sociales se llama “capital social migratorio”. Ese capital consiste en contactos, información y conocimientos que circulan por las redes sociales: entre amigos, familiares y paisanos. El Programa Bracero ayudó a que los mexicanos se volvieran expertos en eso de emigrar y trabajar en la Unión Americana. Más tarde, esa experiencia acumulada se pondría a disposición de nuevas generaciones de migrantes. Quienes diseñaron el Programa Bracero querían que sólo hombres vinieran a trabajar temporalmente en el campo. Pero no pudieron evitar que muchos trabajadores se brincaran la barda y que empezaran a explorar oportunidades de empleo en las ciudades. Tales oportunidades fueron requiriendo una presencia más o menos constante y no sólo de unos meses. Tampoco pudieron evitar que las mujeres se fueran sumando al flujo migratorio, sobre todo cuando la ausencia de los hombres por periodos cada vez más largos comenzó a hacer mella en la vida familiary de pareja. Y como los sospecharon los creadores del programa, con la esposa y la familia acá, ya no había marcha atrás. El autor es director de Estudios Mexicanos de la UCLA Rubén Hernández León rubenhl@soc.ucla.edu


