Un regreso arriesgado a los EE.UU.
El barrilero nunca deja de moverse
Los Angeles Times | 1/4/2013, 6 a.m.
Todo el día empuja barriles de cartón llenos de ropa de segunda mano a través de los estrechos pasillos del almacén. Vuelca la ropa encima de mesas para separan nailon, algodones, satenes, sedas, mezclillas, escoceses. Si no hay ropa para clasificar, es culpa del barrilero. Los supervisores andan cerca.
Cada semana llegan toneladas de ropa, y toneladas salen hacia los mercados al aire libre de India y Pakistán.
La fábrica contrató al barrilero en septiembre, pocas semanas después de que el muchacho de 21 años de edad llegó a la puerta del mánager buscando trabajo. De inmediato el mánager lo reconoció como Anthony, ese chico que caminaba en su fábrica vendiendo chocolates a sus trabajadores años atrás.
Anthony no dijo mucho acerca de qué había estado haciendo desde entonces. Era amable, alegre y su llamado a la puerta todavía tenía ese toque suave de un niño. Pero estaba perdiendo cabello, y había algo extraño en sus ojos.
“Parecía más triste”, dice el mánager, “como si quisiera decir algo pero no sabía cómo hacerlo”.
Había muchas cosas que el barrilero mantendría en secreto. La primera de ellas: su nombre no era Anthony.
Luis Luna regresó a South Gate en mayo. Sus brazos y piernas estaban raspados por las espinas de cactus y sus ojos seguían parpadeantes, todavía necesitados de humedad debido a sus ocho días de viaje a través del desierto de Arizona la semana anterior.
Su amigo Julio Cortez no podía creer que este joven flaco fuera la misma persona que conoció en la escuela Southeast.
“Fue un shock volver a verlo y enterarme de todo lo que había pasado”, dice Cortez. “Me hizo sentir triste y enojado”.
Cortez, de 22 años de edad, estudiante de Cal State Long Beach, llevó a Luis a comprar algo de ropa. Otro ex compañero le dio un teléfono celular. Luis dormía en un sofá en cuartos de huéspedes y pasaba sus días repartiendo resumés con los empleos de sus años de adolescencia: haciendo hamburguesas, sirviendo mesas en I-Hop. Maquillaba las fechas para acomodar los 15 meses que pasó en México después de ser deportado por estar en el país ilegalmente.
Luis fue detenido hace tres años por una luz rota en Pasco, Washington, donde él y su madre vivían. Fue citado por conducir sin licencia, encarcelado y le ordenaron salir del país en febrero de 2011.
En Washington tenía esposa, pero ella lo había abandonado, en parte por causa de la larga separación. Luis decidió construir una nueva vida en Los Ángeles, donde había crecido y todavía tenía amigos.
Semanas después de llegar, todavía estaba sin trabajo y pidiendo prestado para comer. Comenzó a desandar por los almacenes y fábricas donde vendía chocolates de niño. Los trabajadores de la línea de ensamblaje, los conductores y los administradores lo conocían como Anthony, el nombre que su madre le dijo que utilizara para ocultar su identidad.
Podrían poner las manos en el fuego por su fuerte ética de trabajo; había estado trabajando para ganarse la vida desde que tenía 5 años de edad.









