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¡Ah Chihuahua!, cuánta maravilla


Para vivirla y disfrutarla de cerca

Agencia | 2/21/2013, 6 a.m.
¡Ah Chihuahua!, cuánta maravilla
Paquimé es una de las zonas arqueológicas más hermosas de México. | Cortesía

Por la frecuencia y manera en que se presentan las malas noticias, estas pueden orillarnos a dejar de viajar a ciertos destinos. Negar los problemas sería faltar a la verdad, pero también es falso suponer que la delincuencia, por ejemplo, caracteriza a ciudades enteras donde la mayoría de sus habitantes son personas de bien.

La prodigiosa Paquimé

Cuando pensamos en las grandes ciudades del México prehispánico, con frecuencia nos limitamos a las zonas mesoamericanas, especialmente del sur de nuestro país; pero resulta que en el norte, en lo que llaman los arqueólogos Oasisamérica, hay sorprendentes sitios dignos de admiración.

La zona arqueológica de Paquimé se ubica en Casas Grandes, aproximadamente a tres horas de la ciudad de Chihuahua. Se trata de un complejo de construcciones de adobe que firmaría con orgullo el más vanguardista arquitecto del paisaje, pues ahí se integraron magistralmente al desierto, al cielo y al clima de Chihuahua, viviendas de hasta de cuatro pisos, con mil 700 cuartos, una red de canales para el suministro de agua y un sitio dedicado al cuidado de guacamayas, traídas del sur de México para intercambiar por turquesas con algunos indígenas que habitaban tierras estadounidenses.

Para mí, Paquimé es una de las zonas arqueológicas más hermosas de México. En total comunión con esta ciudad ancestral, el viajero puede disfrutar el comer y pernoctar en Las Guacamayas, un encantador hotel y galería creado por Mayte Luján, laboriosa mujer que brinda a los huéspedes ricos platillos y su cálida hospitalidad.

Monumento al maíz

Los coscomates son los graneros que fueron creados por los antiguos mexicanos, reuniendo funcionalidad y belleza.

En Cacaxtla, Tlaxcala, dentro del interior de la gran pirámide se encontró un coscomate monumental, evocando a una gran matriz, y en el Valle de las Cuevas de Casas Grandes, Chihuahua, los antiguos pobladores construyeron -en la gruta de un acantilado- las típicas casas de los desfiladeros.

En el sitio se han encontrado vestigios de maíz que precedieron a las mazorcas que hoy conocemos. Los arqueólogos han calculado que la capacidad del coscomate garantizaba el alimento al menos para 170 días.

Un virtuoso arte ancestral

A la relación de las más logradas piezas del arte popular mexicano de Chiapas, Oaxaca o Michoacán se ha agregado la cerámica de la comunidad de Mata Ortiz, Chihuahua, según lo determinaron connotados especialistas al otorgar el Premio Nacional de las Artes al artista y ceramista Juan Quezada en 1999.

La historia de don Juan y de la comunidad de Mata Ortiz es un refrendo a la potencialidad creadora del pueblo mexicano, permítanme explicar el porqué: Don Juan es un creador nato que lo mismo hace una instalación en medio del campo colgando aperos en alambres de púas, que recolectando fósiles o guijarros.

Al subir a la sierra por leña desde niño Juan encontró fragmentos de la hermosa cerámica de Paquimé, de finísimos trazos y audaces formas. Sin ningún antecedente se propuso convertirse en alfarero y lo logró.

Sus piezas han llegado a decenas de museos estadounidenses, donde se aquilata la destreza de diseños que logró por sí solo cuando fabricó pinceles con cabello humano.

La influencia de las recreaciones de Quezada llegó a sus hermanos y vecinos que elevaron su calidad de vida al convertir a su pueblo en un núcleo de más de 500 ceramistas, algunos con niveles de excelencia.

El gran corazón

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Cortesía

La zona arqueológica de Paquimé se ubica en Casas Grandes, aproximadamente a tres horas de la ciudad de Chihuahua.

Al recorrer Chihuahua invariablemente encontramos hospitalidad y generosidad, incluso en condiciones difíciles. Un infortunado accidente hizo que uno de mis hijos y yo quedáramos aislados en la sierra de Casas Grandes. Logramos contactar a funcionaros de Comunicación Social de Chihuahua, quienes actuaron con celeridad para rescatarnos.

El frío y la noche llegaron mientras caminábamos kilómetros en la soledad que aviva el eco inhibidor de las malas noticias que de Chihuahua se tienen. De improviso apareció una camioneta, a bordo venían personas que se acercaron amablemente avisándonos que venían a ayudarnos: eran policías de Casas Grandes; nos volvió el alma al cuerpo.

La bonhomía de los chihuahuenses está muy por encima del alud de las notas alarmistas. Los problemas existen, pero la honestidad y cabalidad de la gente está muy por encima de éstos. Volveré a Chihuahua en cuanto pueda, quiero recorrer las dunas de Samalayuca, fotografiar los palacetes porfirianos de la capital y ¡desde luego!, regresar a Paquimé.