Un latino en manos de los nazis
Anthony Acevedo recuerda la trágica aventura que vivió luego de ser capturado por los alemanes
SERGIO BURSTEIN | 2/15/2013, 6 a.m.
Cuando las cadenas que servían para contener los portones del campo de trabajos forzados se abrieron, aparecieron dos soldados alemanes con ametralladoras, mientras escoltaban a un comandante de la Gestapo, vestido con un traje de piel que le llegaba hasta las rodillas, un monóculo en el rostro, un cigarro en una mano y un bastón en la otra.
Aunque la imagen parece extraída de una película de guerra, es un fragmento indeleble de las imágenes que Tony Acevedo tiene grabadas en la mente, y que se produjeron delante suyo hace casi siete décadas, cuando tenía 20 años y trabajaba en el cuerpo médico de las fuerzas armadas estadounidenses y fue capturado junto a cerca de 350 compañeros.
Luego de hacer esta entrada, el jefe nazi lo obligó a sentarse ante él para emprender un interrogatorio que, como se lo cuenta Acevedo a HOY, tenía como fin averiguar lo que el prisionero sabía sobre la presencia de los alemanes en Durango, México.
“Este señor me hablaba a veces en español, porque sabía hasta siete lenguas”, recuerda Acevedo, que a pesar de haber vivido casi toda su vida en los Estados Unidos y de tener 89 años de edad, habla un español casi perfecto. “Sabía además muchas cosas personales mías, hasta el punto de que, incluso cuando me cacheteó y me puso agujas entre las uñas de las manos, le dije que no tenía nada que decirle”.
Antes, el entrevistado había hablado ya de la supuesta conexión de Hitler en el país de sus antepasados. “Durante mi adolescencia en Durango [donde vivió siete años], un amigo mío que sabía de telegrafía me permitió descubrir que había submarinos nazis en Baja California, que estaban comunicándose con un alemán que yo conocía y que vivía en la ciudad, porque era dueño de una ferretería”, precisó.
Pero, por más fascinantes que resulten, ni la “conexión duranguense” del ‘Fuhrer’, ni la deportación de los padres de Acevedo a México en 1937 -pese a que él nació en San Bernardino- son el motivo central de esta conversación, sino el tiempo que pasó Acevedo como cautivo de los alemanes, lo que lo ha llevado en los últimos años a ofrecer varias charlas públicas, una de las cuales se producirá este domingo en el Skirball de Los Ángeles.
Su cautiverio en un campo de esclavitud -llamado Stalag IX-B- en el que los prisioneros se veían forzados a cavar túneles destinados a esconder armas, fue antecedido por un viaje en tren de una semana en el que los detenidos estuvieron permanentemente de pie, haciendo sus necesidades sobre sus ropas.
Además, tuvieron que someterse al incesante bombardeo de los aviones estadounidenses que ignoraban que sus compatriotas se encontraban dentro del vehículo.
Ante el horror
Una vez en el campo, y a lo largo de dos meses, Acevedo fue torturado y se convirtió en testigo de los lujos que se prodigaban los nazis y el terror que infringían en sus cautivos.
También presenció toda clase de barbaridades, como la muerte de muchos de sus compañeros (uno de ellos, de apellido Zaragoza, murió en sus brazos). Además, vio las ejecuciones y agresiones sexuales perpetradas por los soldados alemanes contra las familias judías de Polonia que fueron arrastradas al lado de sus compañeros en momentos en los que la victoria de los aliados era inminente. Los futuros perdedores se dieron a la fuga con sus detenidos, dando origen a una marcha de 217 millas que duró 16 días.









