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Una larga travesía hacia la recicladora


Soudi Jiménez | 2/1/2013, 6 a.m.
Una larga travesía hacia la recicladora
Con su vehículo, López carga y desmonta diferentes artículos reciclables. | Soudi Jiménez

Juan López trabaja todos los días, en horario de 6 de la mañana a 3 de la tarde. El sábado, las recicladoras cierran temprano, y entonces tiene que esperar hasta el lunes para poder vender; así puede llevar todo lo recolectado en el fin de semana.

“A veces descansamos los lunes, pero igual nos toca cargar y descargar”, afirma López, mientras se dirige a vender metal acompañado por HOY. En su camioneta lleva sillas, láminas y diversos aparatos, incluyendo una estufa y un microondas.

En el recorrido, este emprendedor escucha los pitos de un vehículo a un lado, para llamarle la atención. “¿Es con nosotros?”, se le pregunta. Le pide a Esteban, su chofer de unos 17 años, que se estacione para saber lo que pasa.

“A veces vamos en la calle como hoy y nos pitan; así nos llaman. Puede ser algo que no valga la pena o algo que nos dé ‘platica’ [dinero]”, explica, luego de recibir la invitación del conductor de al lado para recoger materiales de una casa en remodelación.

“Andamos en la lucha; es como todo negocio, no podemos dejar ir ningún cliente”, agrega. De esta manera, en vez de ir hacia el Sur de Los Ángeles, regresa al Este.

“Aquí no tiran nada, son ciudades de extrema pobreza”, señala al pasar por Lincoln Heights, indicando que ha visitado muchas ciudades de los condados de Los Ángeles, Orange y Riverside.

“Si voy a West Covina ya sé en qué partes hay, uno ya huele. Si voy caminando en un lugar y después de dos cuadras no veo nada, no pierdo mi tiempo ni mi gas; eso quiere decir que otros ya pasaron”, revela.

Después de manejar por 15 minutos, llega a la vivienda que el contratista Mario Navarro se encuentra remodelando. Allí obtiene láminas metálicas y otros materiales que de inmediato sube a su vehículo.

“Tumbé la bodega y tenía que ir a rentar una camioneta, gastar en gas y cargarla por mi cuenta; pero ellos me ayudaron a mí y yo les ayudé a ellos. Es un trabajo duro”, admite Navarro.

Este contratista dice que había previsto gastar 50 dólares para limpiar y tirar la basura, pero con el apoyo de López, no pagó nada.

“Respeto lo que hacen, porque le ayudan a la ciudad. A veces pasan las cosas [aparatos] tiradas, una o dos semanas hasta que ellos las recogen. Están haciendo el ‘dirty work’ [trabajo sucio]”, añade Navarro.

Después de cargar todo, López sigue su camino. La siguiente parada es la recicladora. Allí lo esperan cinco camiones en línea.

“Hoy no hay mucha línea”, explica al llegar, cuando unos compradores de lavadoras lo saludan. “Necesito una que sea manual y grande”, dice uno de ellos, algo que López no lleva esta vez.

Después de una hora de espera, logra entrar. Allí pesan el vehículo con todos los materiales de metal, para determinar cuánto le pagarán por lo que entregue.

“Uno se entretiene porque hay que separar lo que traemos, pero hoy casi todo va para lo mismo”, asegura, mientras en el fondo se escucha una máquina que tritura y remueve las piezas que van llegando.

Completada la entrega y con unos dólares más en su bolsa, regresa a su casa en el Este de Los Ángeles. Al llegar a la vivienda, de inmediato se dedica a cargar de nuevo el vehículo con otras cosas que había recolectado antes, sudando bajo los intensos rayos del sol.

“Se imagina cómo termina uno en la noche”, dice, señalando que un hermano suyo comenzó en este oficio, pero se regresó a la construcción porque no le gustó. Mientras tanto, López iba de regreso a la recicladora para vender más.

La basura de unos es el tesoro de otros