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Tratando de probar su amor


La devoción de Ana y Gerardo convenció a muchos que dudaban de que un matrimonio con una diferencia de 41 años fuera real

Los Angeles Times | 4/11/2013, 6 a.m.
Tratando de probar su amor
Una foto de Gerardo Herrejón y su esposa Ana en el día de su boda. | Los Angeles Times

Ella era una estudiante inteligente con destino a la Universidad Berkeley de California. Él era un conductor de autobús en la Ciudad de Glendale. Él la llamaba ‘Chiquita’. Ella le decía ‘Pollo’, por sus piernas delgadas.

La madre de ella lo llamaba de otra manera: ‘El Viejito’. Cuando su romance floreció en el 2008, Ana Verdin-Hernández tenía 22 y Gerardo Herrejón tenía 63. La familia y los amigos de Ana se encandalizaron. ¿Cómo iba a desperdiciar su juventud junto a un hombre con una educación hasta el octavo grado y con tres hijos mayores que ella?

Dos años más tarde, Ana y Gerardo se casaron de todos modos y se mudaron a la casa del segundo en Cypress Park. Con el tiempo, su aparente devoción convenció a muchos escépticos. Después de todo, Gerardo era ágil y con su abundante cabellera aparentaba ser más joven. A Ana siempre le habían atraído las personas mayores.

Pero había una persona más para convencer: el oficial que miraba a la pareja sospechosa del otro lado del escritorio en el Consulado de EE.UU. en Ciudad Juárez, México, en un día nublado de marzo de 2012.

Gerardo era un ciudadano de los EE.UU.; Ana, que había sido traída al país cuando era una niña, era una inmigrante indocumentada. Las leyes de EE.UU. requieren que los inmigrantes ilegales de México que se casan con un estadounidense soliciten una visa en el consulado de Juárez. Era arriesgado. Si la mujer en el consulado no creía que el matrimonio de Ana y Gerardo era real, Ana tendría prohibido regresar a los EE.UU. por un periodo de 10 años.

A Ana nunca le interesaron los chicos de su edad.

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Los Angeles Times

Gerardo Herrejón, de 68 años, en su ruta como chofer de autobús en Glendale.

Ella pasaba la mayoría de las noches enterrada bajo los libros, sentada en la mesa de la cocina del apartamento de un dormitorio que compartía con otras seis personas. Había vivido en el Sur de California desde que cruzó a través de las montañas a EE.UU. cuando tenía siete años.

Gerardo conducía el autobús que pasaba por el apartamento de Ana en la avenida Western casi todos los días. Él era un hombre divorciado que trataba a sus pasajeros como familia, saludándolos por su nombre y llevando ‘donuts’ para los cumpleaños.

Ana tomaba su autobús hacia el colegio comunitario Glendale, donde se inscribió después de graduarse de la secundaria en 2004. Todos los días, Gerardo le decía ‘hola’. Cada día, ella pasaba sin decir palabra.

Ana a menudo llegaba tarde a la parada del autobús, pero Gerardo la esperaba. En sus trayectos mañaneros, cuando pasaba delante del apartamento de ella, hacía sonar el claxon. Ana se levantaba y se apresuraba a coger el autobús en su siguiente vuelta.

En 2008, Ana fue aceptada en la Universidad Berkeley. Unas semanas antes de partir hacia el área de la bahía, invitó a Gerardo a tomar un helado. Sus primeros momentos juntos fuera del autobús fueron incómodos. Él estaba nervioso y evitaba mirarla a los ojos. A ella le gustaba eso. Ella misma se había sorprendido por la invitación a Gerardo. Salir con él nunca se le había pasado por la cabeza, pero con los años, su actitud alegre y su conducta amable con los pasajeros habían crecido en ella.