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Las trabajadoras domésticas


Rubén Hernández León , Director del Centro de Estudios Mexicanos de UCLA | 3/27/2012, 7:29 p.m.
Las trabajadoras domésticas

Esta columna se ha inspirado en la experiencia reciente de una amiga, quien hasta hace poco se desempeñó como trabajadora doméstica en una mansión de la zona oeste de la ciudad. En esa casa laboró por casi dos décadas, haciendo de todo un mucho: limpiando, planchando, cocinando, manejando el auto para hacer encargos, cuidando perros y niños.

Buena parte de su tiempo lo pasó criando a varios de los hijos de la familia que la empleaba. Hace unas semanas, mi amiga quedó desempleada. Con tanta antigüedad acumulada, mi amiga, a la que me referiré con el pseudónimo de Gabriela, ya les salía muy ‘cara’ a sus multimillonarios patrones. Con hijos propios, Gabriela ya no se podía quedar en el trabajo hasta tarde,lista para responder cuando la dueña de casa la llamara. Además, ya se había accidentado en el trabajo y lesionado la mano de tanto planchar. La lesión había requerido una operación.

Un día los patrones le dijeron que ya no la necesitaban. Le dieron un dinero como finiquito y le hicieron firmar un montón de papeles en los que Gabriela se comprometía a no presentar una demanda legal. Un abogado le aconsejó que tomara el dinero, ya que no había mucho que hacer; las leyes laborales no protegen a las trabajadoras domésticas.

Y ese es el punto. La falta de una legislación que de alguna forma regule las condiciones de trabajo y proteja los derechos de las empleadas domésticas.

El trabajo en casa es un nicho de las mujeres inmigrantes y las minorías desde hace buen rato. Hace más de cien años, las irlandesas y otras europeas ocuparon ese nicho, particularmente en el noreste de los Estados Unidos. A ellas le siguieron afroamericanas, puertorriqueñas y, en el suroeste del país, las mexicanas. En las últimas décadas, guatemaltecas y salvadoreñas han paulatinamente remplazado a las mexicanas. Gabriela es centroamericana.

Durante todo este tiempo, las trabajadoras domésticas han estado fundamentalmente excluidas de los beneficios que

otorgan las leyes laborales. ¿Por qué? Por diversas razones. El trabajo doméstico ha sido considerado como un empleo exclusivo de las mujeres, quienes según la ideología dominante, no son las proveedoras económicas principales de sus hogares.

En tanto que empleo femenino, se supone que el empleo en casa es transitorio. Una vez que la mujer contrae matrimonio y forma su hogar, deja el trabajo y se dedica a su familia. Otro argumento es que dada la fragmentación y el aislamiento de las trabajadoras domésticas, sería imposible verificar el cumplimiento de la ley laboral.

Todas estas razones son excusas o de plano argumentos falsos. Las empleadas domésticas trabajan horarios que no se permitirían en otros sectores; están expuestas a químicos y otros factores de riesgo; reciben salarios muy bajos y carecen de prestaciones elementales. La condición y el estatus migratorio de muchas trabajadoras, las vuelve todavía más vulnerables.

La buena noticia es que ya hay esfuerzos, encabezados por la Alianza de Trabajadoras Domésticas de California, para que la asamblea estatal apruebe una iniciativa de derechos fundamentales para estas empleadas. Para allá vamos