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Tijuana, un refugio para los deportados

Francisco Castro | 3/9/2012, 6 a.m.
Tijuana, un refugio para los deportados
Jose Martinez, Antonio Galarza y Jose Romero son padres de familia deportados. | Francisco Castro

Diariamente, entre 200 y 240 personas son deportadas a Tijuana, México, desde donde intentan cruzar nuevamente “hacia el otro lado”, se pierden en la urbe fronteriza o pasan desapercibidas entre las decenas de vagabundos que pululan en la ciudad.

Y desde el 2007, Casa Refugio Elvira ha albergado a unos 4,000 de estos hombres y mujeres, proveyéndoles alimentos y albergue mientras intentan regresar con sus familias en Estados Unidos o deciden su futuro en la tierra que los vio nacer.

La casa tiene dos cuartos, baño, cocina y sala. Está ubicada en el centro de la ciudad, se sostiene con donativos privados y gubernamentales. A su cargo está Micaela Saucedo, de 67 años, que funge como consejera, amiga o como un hombro para llorar.

“Aquí les conseguimos apoyo económico para que se regresen a su lugar de origen”, dijo Saucedo, aunque agregó que el 99% piensa en regresar a Estados Unidos”.

El Refugio tiene espacio para 20 personas, aunque hay temporadas en que llegan a residir hasta 40 personas.

Actualmente, tres hombres, todos ellos padres de familia deportados de Estados Unidos, viven en la casa, donde pasan los días ayudando en lo que se pueda y buscando cómo ingresar al país de donde fueron echados. Aquí están sus historias, de acuerdo a sus relatos dados a HOY.

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Antonio Galarza fue deportado a Tijuana, donde dijo haber recibido una golpiza por parte de policias municipales que lo dejo en un hospital por una semana.

Antonio Galarza

Tiene 42 años y ha vivido en Fresno desde que tenía 9 años. En el 2005, Galarza fue de visita a Carolina del Norte y un amigo lo invitó a ir de paseo. Lo que no le dijo fue que primero harían una entrega que resultó ser droga que vendieron a quien resultó ser un policía encubierto.

“Me lo dijo hasta que iba hacer la entrega y ya ni chance tuve de bajarme [del carro]”, dijo Galarza.

Él pasó 35 meses preso y luego fue deportado a Guerrero, México, perdiendo así su residencia permanente. Posteriormente regresó ilegalmente a Estados Unidos y, en enero de este año, cuando se le descompuso su auto, un agente del Sheriff llegó a preguntarle qué pasaba. Pero le pidieron sus documentos y, al no tenerlos, fue arrestado frente a su esposa e hijo mayor y fue llevado a la estación.

Galarza afirmó que su arresto fue tan traumático para su esposa, que ella perdió al bebé de tres meses que llevaba en su vientre. Luego fue transferido a las autoridades de Inmigración y lo deportaron a Tijuana, donde su bienvenida a México fue ser secuestrado por policías municipales que se lo llevaron a él y otros migrantes recién deportados a las afueras de la ciudad.

Dijo que los policías le quitaron el dinero y le rompieron los documentos que llevaba.

“Ni para un refresco me dejaron”, expresó.

Y por reclamarles, le dieron una golpiza que lo envió por una semana al Seguro Social. “Me dolía hasta toser”, dijo Galarza.

Su esposa le envió 800 dólares para pagar su estadía en el hospital y le manda dinero regularmente para mantenerse e intentar cruzar una vez más ilegalmente.

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