www.hoylosangeles.com
1:11 a.m., 5/26/2013 | 61°

Un refugio para vidas rotas

Redacción HOY | 6/1/2012, 11:20 a.m.
Un refugio para vidas rotas
El otrora gran Hotel El Centenario es ahora el decrépito Hotel del Migrante Deportado en Mexicali. Alberga una procesión de almas perdidas. | Los Angeles Times

Los incorregibles, los alborotadores, los alcohólicos crónicos caen más todavía. Son escoltados por compañeros ángeles que los encaminan por la calle y los dejan dentro de un nightclub abandonado. Borrachos que balbucean en la oscuridad, cuerpos marchitos por enfermedades y aire cargado con el hedor de orina y vómitos con sangre.

Un corpulento ex-miembro de la pandilla Latin Kings de Chicago supervisa la zona 3. Mantiene un horario de vampiros, la música de Pink Floyd explota y pulveriza un abultado saco de boxeo bajo la luz de un bombillo descubierto.

Su tatuaje del cuello dice: Perdición.

Registro

La procesión de almas perdidas nunca cesa. Es medianoche cuando un grupo de hombres sube con dificultad las escaleras, tropiezan con un cuerpo dormido y entran a un oscuro pasillo, donde un hombre gordo con los dientes rotos y sin dos yemas de los dedos se despierta sobre un sofá. “Pásale”, les dice.

Han llegado por consejo de extraños. Da vuelta en la esquina, camina media cuadra hacia abajo en el Callejón Reforma y toma las escaleras al lado de las puertas dobles del Bar 13 Negro. Pero las dudas crecen a medida que se aclimatan a la media luz y divisan las paredes y pisos fracturados. Llegan ráfagas frías de aire a través de las ventanas rotas y el retumbar del bajo en el piso que llega desde el burdel de abajo

Gerardo Cano, portero durante la noche, reparte cobijas que los hombre agradecen. En las últimas ocho horas han sido trasladados con grilletes desde Texas a Arizona, llevados en autobús a través de California hasta la frontera y abandonados en esta ciudad a la medianoche.

Cuestionan a Cano.

photo

El otrora gran Hotel El Centenario es ahora el decrépito Hotel del Migrante Deportado en Mexicali. Alberga una procesión de almas perdidas.

“¿Tiene algo para comer?”, le pregunta un joven que una vez podó arbustos en fincas de Napa Valley.

“¿Qué tan lejos está San Antonio?”, quería saber un ex ayudante de camarero.

Un hombre descalzo que limpiaba alfombras para ganarse la vida quiere llamar a su hermana. “¿Qué hora es en Carolina del Norte?”.

Cano agarra una escoba y una linterna y le dice al grupo de 25 personas que lo sigan. Los hombres tienen la ropa sobre sus espaldas, pero no más. La mayoría nunca ha estado en Mexicali. Sus estómagos gruñen, pero Ramos no hará el desayuno hasta dentro de varias horas.

Pasan por un estrecho pasillo oscuro, siguiendo el haz de luz de la linterna de Cano: cables eléctricos colgando, varillas oxidadas que sobresalen de las paredes, indicios que denuncian el maltrato de migrantes: “No visite Arizona”.

A la vuelta de un pasillo, la linterna de Cano ilumina los cuartos repletos con hombres que yacen en el suelo. Un hombre asoma su cabeza, se frota los ojos y luego desaparece bajo las cobijas. Más adelante, a lo largo de un pasillo largo, más hombres se apiñan bajo las mantas; una alfombra de inmigrantes despeinados que se extiende 30 pies en la oscuridad.

Cano encuentra un espacio abierto y barre el cemento. “El polvo de Mexicali es fuerte, acarrea virus”, dice. Los hombres se entierran bajo las mantas compartidas. Cano sale por los pasillos, el vientre hinchado es por una condición médica que se le desarrolló durante una temporada en la prisión federal por tráfico de cocaína. Fue deportado directamente desde la cárcel en 2010 y ha vivido aquí en un sofá desde entonces.

Galerías de fotos

Más Recientes

Real Time Analytics