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De pandillero a pastor

Selene Rivera | 7/20/2012, 6:45 a.m.
De pandillero a pastor
Jose Martinez muestra sus tatuajes en el vecindario que lo vio crecer | Selene Rivera

Entre los 10 y los 12 años, mientras algunos niños escogen el deporte que más les gusta, José Martínez buscaba activamente una pandilla a la cual pertenecer.

Martínez, hijo de padres mexicanos, tenía como meta ser parte de estos grupos para ser temido y respetado en su vecindario. Pero nunca imaginó que años después una Biblia y su trabajo para ayudar al prójimo le darían el reconocimiento comunitario que tanto anhelaba de joven.

“Soy el más pequeño de siete hermanos, pero básicamente crecí solo y en una familia disfuncional”, dijo el ahora pastor cristiano.

“Mi padre casi no estuvo en mi vida porque se separó de mi madre cuando yo era chico; mi madre tenía varios trabajos al mismo tiempo y casi no la veía. Así que me la pasaba en la calle”, agregó Martínez, de 49 años.

Encontrar una pandilla de la cual ser parte no le fue difícil, ya que la ausencia de sus padres, el alcohol, las riñas en el hogar y su tiempo en las calles de Highland Park y Lincoln Heights le ayudaron a decidir su futuro.

“Yo quería que nadie se metiera conmigo. Quería pertenecer a algo importante y por ello formar parte de una pandilla fregona, que no le tuviera miedo a nadie y que no se corriera de ninguna situación”, expresó.

A los 14 años, el adolescente se decidió por la pandilla Avenues de Highland Park, que según las autoridades tiene conexión con la mafia mexicana.

En su rito de iniciación y para mostrar que era digno de pertenecer al grupo, Martínez fue golpeado por seis miembros de la pandilla. La golpiza le dejó un labio abierto y la nariz quebrada.

Muy pronto, el adolescente desertó de la escuela, los tatuajes empezaron a cubrir su cuerpo y fue bautizado como ‘Popeye’. La pandilla se volvió su segunda familia, pero en vez de progresar, su vida empezó a descender en el consumo de drogas, las peleas contra rivales y la cárcel.

“No me importaba lo que pasara con mi vida. Sabía en lo que me había metido y me gustaba. Ese José no era el hombre que soy ahora”, agregó Martínez.

Durante 10 años, se la pasó visitando la cárcel, cargando armas, consumiendo cocaína, PCP y heroína. Su vida era robar, sembrar temor, vender droga y marcar territorio a través de balaceras una vez o más por semana.

“Uno de mis recuerdos más grandes es que salí a la calle con mis amigos, y de fiesta en fiesta y de un vecindario a otro, le disparé como a nueve personas… nunca supe si vivieron o no para contarlo”, dijo Martínez.

De 1987 a 1991, el pandillero estuvo en la cárcel por asesinato involuntario. Al estar tras las rejas, su hija de 6 años de edad, un pastor y una “revelación” empezaron a transformar su vida.

Primero, “fue mi hija que me iba a visitar. Ella me pedía que fuera a misa, pero yo solamente le mentía, porque no sabía de la vida cristiana”, recordó.

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