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El último capítulo de un libro inconcluso

enni Rivera, en privado y antes de ser conocida como la ‘Diva’

Nelson Henriquez | 12/13/2012, 4:14 p.m.
El último capítulo de un libro inconcluso
Jenni fue la primera artista latina que puso una banda sinaloense en el Teatro Kodak, el mismo donde se entrega el Óscar. | CORTESÍA FONOVISA

Profesional y existencialmente, el gran libro de la vida de Jenni Rivera comenzó a escribirse mucho antes de su definitiva consagración como la número uno de la música regional mexicana.

Su tremendo éxito, en efecto, no fue el fruto de un golpe de suerte ni se produjo de la noche a la mañana. Tampoco fue el resultado de un hábil plan de marketing ni de una inversión financiera de esas que suelen darse en la industria de la música con el objetivo de fabricar en tiempo “express” un artista desechable.

Los suyos eran atributos propios. Tenía carisma. Tenía una voz que, a pesar del vibrato, sonaba muy característica y representativa. Tenía desplante y personalidad frente a su audiencia, eso que se define en dos palabras claves: presencia escénica. Era “natural”. Tenía, en suma, todo eso que no se adquiere en ninguna boutique ni se aprende en ninguna academia.

Aunque bilingüe, en español también tenía ese lenguaje cotidiano que el pueblo hace suyo en las calles de cualquier barrio, herencia de su entorno físico inmediato, ese que le tocó gozar y sufrir en Long Beach, la playa larga tan familiar y tan vecina al puerto de Los Ángeles.

Sin embargo, lo que más nos impresionó de su personalidad eran esas ganas de ir siempre adelante, enfocada su entrega y dedicación en la búsqueda de una meta que la condujera al siguiente capítulo del libro en que se iba escribiendo su día-a-día personal y artístico.

En privado

Postrimetrías de los años 90... Es imposible no recordar esa templada tarde en la que nos reunimos en un modesto café de su barrio, cuando, en compañía de Juan López, su esposo, nos habló por vez primera de la idea de sistematizar la implementación de sus proyectos: prioridad, su familia, sus cinco hijos y la casa grande que pensaban comprar en Corona; pero, además y en forma simultánea, su decisión compartida de arremeter con más agresividad en “la cantada”, ya y de inmediato, en sus dos variables principales, el disco y las presentaciones personales, para entrarle cara a cara y de una buena vez al “show business”.

Era el momento en que empezaba a darse a conocer con su “Querida socia” y “Las malandrinas”. Y buscaba, por primera vez en su carrera ya iniciada unos cinco años antes en los clubes nocturnos del área, una publicista que proyectara su imagen, su nombre y su música, catapultándola a un nivel superior. Se iniciaba en esa forma una nueva etapa, quizás la más dura y ardua, cuya trascendente vigencia se prolongó hasta la comezón del séptimo año que terminó separándolas.

Hasta entonces, el único “escándalo” en que había participado consistía en ser la primera mujer que se había atrevido “a cantar los corridos más bravíos del cancionero popular, adelantándose a toda una generación artística”, como se consignaba en comunicados de prensa iniciales.

Fue una experiencia larga y vital. Lapso de abrir puertas y de mini-giras, de dormir poco y mal, de subirse a todos los escenarios posibles y de aprovechar cualquier entrevista. En la práctica, el típico y necesario adagio de “piano, piano va lontano” (lento, lento llegas lejos), como se lo comenté más de una vez entre risotadas, rémoras de la Italia cultural que aprisiona a tantos latinos alrededor del planeta. Su aprobación, teñida de objetivo optimismo cómplice, se traducía en palabras-más-palabras-menos al admitir que el mundo no se hizo en un día.

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